La mujer esa ❤
LAS HUELLAS DEL TIEMPO
por Claudia de Angelis

Después de hojear el álbum de fotos, de recorrerlo con sus manos, de acariciarlo con sus sentidos, se dio cuenta de cuánto había crecido. Entendió con lágrimas que ya no necesitaba de sus canciones para dormir y que la música, la ropa, los peinados y no sabía cuántas cosas más habían quedado atrás.

Pensó en el paso del tiempo. Reticente y esquiva se preguntaba si aquellos momentos tangibles
podían medirse o si eso que sentía era la medida de su angustia.

Parecía no darse cuenta de que nada era como entonces. Cuando llegó a la última página del álbum, encontró una nota y un dibujo. Una sensación rara le recorrió el cuerpo y le estremeció el corazón. Miró muchas veces el papel, leyó otras tantas aquellas letras garabateadas, y en voz alta repitió esas dos palabras que ahora tanto necesitaba escuchar.

Tuvo ganas de llamarla, pero supuso que no estaría libre para atender el teléfono. Se secó las lágrimas y sonó su nariz. La frotó con fuerza como para meter adentro aquella cantidad de sensaciones que la embargaban, luego guardó el papel con el dibujo en el bolsillo de su delantal. La emoción hizo que dejara olvidado sobre la cama el álbum de fotos que la había hecho detener el tiempo en un pasaje de su vida que la alegraba y la hacía sentir que todo valía la pena, aun su tristeza.

Estaba en la cocina cuando el aroma de las verduras hirviendo le llegó al estómago embriagándola de hambre. Para saciarse saboreó una tostada con queso blanco y se tomó un mate. Mientras limpiaba la casa pudo poner en orden lo que sentía. Como en un rompecabezas reconstruía cada parte de su cuerpo. De a poco comenzó a sentirse casi feliz, sin embargo algo faltaba. Aquel espacio imperfecto, vacío, no lograba llenarse con nada.

Cuando terminó de limpiar y colgar la ropa se quitó el delantal y preparó todo para ducharse, se miró al espejo, quería guardar en el suave masaje de sus dedos, sus preguntas sin respuestas.

Ese día tenía que verla y quería estar radiante. Se maquilló, usó sombra para sus ojos y los delineó para liberarlos de su aflicción. Pintó sus labios y después de quitarse los ruleros, se peinó. Estaba linda. Fue a su cuarto abrió el placar y eligió ropa nueva, estaba segura de que a ella le gustaría. Estrenó perfume y zapatos, se colgó la cartera en el hombro y salió. Esperó el colectivo, cuando subió se sentó en el asiento que quedaba libre. Miró por la ventana y se dejó llevar por las sensaciones, sin parpadear recorrió las calles que conocía de memoria y por las que había caminado tantas veces con ella de la mano. Pasó por la puerta del instituto y sonrió emocionada. El aire fresco que entraba por la ventanilla despeinó su cabello y un escalofrío la volvió a la realidad. Miró hacia afuera, ese barrio ya no le era familiar era el lugar adónde ella vivía. Cuando vio el viejo almacén recordó el día en el que la había visitado por primera vez y se dio cuenta que debía bajar en la próxima parada.

Sabía que le faltaban dos cuadras para llegar. Las caminó lento, tenía miedo. Sacó del bolsillo el papel que indicaba la dirección y se dio cuenta de que estaba cerca. Miró hacia adelante, respiró hondo, tomó coraje y entró. Ella la esperaba ahí, sentada en una mesa, la misma cara que la de la foto, la misma hermosa expresión en su sonrisa. La miró sin que se diera cuenta. Sintió ganas de correr a abrazarla, de acariciarla como cuando era niña, tuvo ganas de decirle cuánto la extrañaba y lo mucho que le costaba sentirla lejos. Eso le pasaba, lo que sentía no tenía que ver con la ausencia. La ausencia era dejar de verse y eso no les sucedía.

Ella había crecido y había tenido ganas de independizarse, de armar su propio mundo y de valerse por sí misma. Era bueno comprenderla, era como ayudarla a calzarse las alas que tenía a medio poner, era de algún modo, transmitirle toda la confianza que necesitaba para comenzar a desandar su propio camino.
Eso estaba comprendido pero nunca superado. Hizo lo imposible por no recordar el día de su partida, pero su mente la traicionó. Justo en el momento en que derramó una lágrima, ella la descubrió detrás de una columna del bar.

Se abrazaron fuerte, sintiéndose y reconociendo el vínculo infinito que las unía. Se rieron, compartieron el almuerzo, los postres y un café. Después ella la invitó a su casa. El día se despedía con lentitud y el último rayo del sol caía sobre las hojas de un potus limón que su mamá le había regalado cuando sólo tenía tres diminutas hojas. Lo largo de aquella planta crecida daba cuenta del tiempo en el que se habían separado. Angélica miró el pequeño living, el cuarto y las mismas fotos del álbum que su hija lucía en un estante de la biblioteca. Tomaron el tercer café de la tarde y volvieron a comer masitas.

Eran las ocho cuando decidió irse. Se colgó la cartera y se despidieron con un beso y una mirada eterna que lo decía todo. Mientras caminaba recordó lo vivido, volvió a recorrer cada escena de aquel capítulo que las dos habían aprendido a escribir. Sintió que el maquillaje se derramaba por su piel como sus lágrimas de rímel por las mejillas pero ya no le importaba como se veía. Nada la perturbaba.
Hubiera querido inmortalizar el tiempo con su hija pero recordó una frase que se repetía desde que la niña había comenzado a crecer: “Si amas a alguien déjalo libre, si vuelve a ti es tuyo, si no vuelve jamás lo fue…” se convenció de todo, y entendió de cuántas maneras la amaba.

Cuando llegó a su casa en el contestador tenía un mensaje:

-Mamá, cada vez que nos vemos quiero eternizar el tiempo, te amo, Belén.
No tuvo dudas. Fue hacia su cuarto y abrió el álbum. Buscó en el delantal el papel dónde se veían dibujadas y lo comprendió todo, su hija era aquella niña que con garabatos le decía lo mismo.


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Copyright © 2013. ®Claudia de Angelis. Buenos Aires, Argentina


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¡Gracias, Claudia!

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ilustración: ©Cecilia Varela , Buenos Aires, Argentina.
Del libro: Ellas hicieron historia. Mujeres admirables-Anaya Infantil

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Ilustración: Daniel Caminos
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